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Sube el IVA, mazazo a familias y empresas

Sube el IVA, mazazo a familias y empresas

Desde ayer, el tipo general del IVA sube dos puntos, del 16% al 18%, y el reducido pasa del 7% al 8%. Se trata de una iniciativa del Gobierno para tratar de recuperar fuelle recaudatorio y paliar el colosal desequilibrio de las cuentas públicas, pero existe un riesgo cierto de que el tiro salga por la culata.

Para empezar, la medida no será inocua para los consumidores. Aunque muchas empresas y comercios han explicitado su determinación a no repercutir la subida en el consumidor, lo cierto es que subirá la factura de muchos productos y suministros de servicios, como puede ser la luz o la telefonía.

Las asociaciones de consumidores estiman que las familias tendrán que soportar un sobrecoste de hasta 300 euros, y en particular los efectos más perjudiciales se producirán entre las clases menos favorecidas, pues son las que dedican mayor porcentaje de su renta disponible al consumo en comparación con las rentas más altas.

La subida del IVA ha podido tener ya un efecto anticipador de compras de bienes no perecederos, como es el caso de la venta de automóviles, que en mayo registraron un crecimiento anual del 40%, o incluso de viviendas. Pero es previsible que esta subida, que se produce cuando la recuperación aún es muy frágil, penalice la actividad en un momento en el que, como ayer alertaba el Banco de España, los indicadores de consumo familiar están mostrando un comportamiento más débil.

A ello habría que sumar el previsible aumento del fraude y la economía sumergida, pues el tradicional “cómo lo quiere, con IVA o sin IVA” seguirá en extendiéndose como una práctica rutinaria en la prestación de muchos servicios. No es la primera vez que una decisión de este tipo lejos de aumentar la recaudación la contrae, como ya ocurrió en 1992 cuando el entonces Gobierno de González aumento el impuesto desde el 13% al 15%.

El aumento de la imposición directa no tendría por qué ser nocivo para la actividad si fuera acompañada de otros incentivos a las empresas, como la rebaja de cotizaciones, lo que tendría un efecto dinamizador en la creación de empleo.

Pero la decisión se ha tomado a la desesperada, como un clavo ardiendo al que agarrarse para ver si crecen los ingresos de forma inmediata más que como una estrategia económica. Por eso es inevitable que los ciudadanos lo perciban como el precio que se carga sobre sus espaldas para subsanar los errores en la gestión económica y el derroche de recursos en medidas infructuosas como los dos planes E de obras superfluas en los ayuntamientos.

Más le valdría al Gobierno sacudirse la galbana y aspirar a mejorar la recaudación a través de reformas ambiciosas que espoleen un crecimiento vigoroso y sostenible en lugar de brear a impuestos a las empresas y a las familias persiguiendo un cortoplacista aumento de la recaudación.

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